"Ni olvido, ni perdono"

26JUL201007:16

Se llama Olga, pero todos la conocen como Nancy, su nombre de guerra. A los 15 años fue la primera vez que arriesgó la vida por sus ideales. En plena dictadura, rompía el toque de queda para salir a pintar las paredes de las calles de Asunción con consignas contra el régimen opresor y represor de Alfredo Stroessner (1954-1989) que, en sus 35 años de gobierno, dejó miles de muertos, torturados y desaparecidos en Paraguay. A pesar de su osadía, Nancy sobrevivió. Pasó por la cárcel, por el exilio y por los interrogatorios de la Operación Cóndor, y hoy, con lágrimas en los ojos, lo cuenta para que su recuerdo perviva en la memoria de los vivos.

Heredó la rebeldía y la conciencia política de su padre, el señor Augsten, un hombre de ideología socialista que participó en el levantamiento contra la dictadura militar anterior a la de Stroessner. Por ello, fue mandado al exilio cuando Olga tenía 7 años. “Como echaron a mi padre del país, mi familia se fue a vivir a Clorinda, un pueblo fronterizo de Argentina, sin luz ni agua corriente. Tenía poco que ofrecer, así que a mi me internaron en un colegio de monjas en Asunción, porque mi padre decía que allí tendría mejor educación”, relata.

Creció lejos de los lazos protectores de sus padres, bajo la férrea disciplina de unas monjas, que según recuerda Olga, trataban de lavarle el cerebro. “Nos hacían rezar al levantarnos, antes y después de desayunar, antes y después del almuerzo, y antes y después de la cena. Además, nos revisaban la cama para ver si dormíamos juntas. Luego entendí que su intención era prevenir el lesbianismo, ¡como si supiéramos algo de eso a nuestra edad!”, explica.

Una vez al año, cuando llegaban las vacaciones de verano, Olga viajaba hasta Clorinda para reencontrarse con sus padres. Allí, iba forjando poco a poco una mirada crítica de lo que sucedía en su país, asistiendo a las reuniones conspirativas contra la dictadura que organizaban sus padres en su casa del exilio.

Olga estudió en el internado hasta los 15 años, y al salir de la institución, se fue a vivir con sus abuelos, en la misma capital. Fue un año después del golpe de estado de Alfredo Stroessner, quien tras su subida al poder implantó de nuevo un régimen dictatorial y una dura represión. Olga, a su corta edad, y siguiendo los pasos de su padre, se afilió al Partido Revolucionario Febrerista, donde empezaron sus andaduras en la resistencia. “Con los compañeros, salíamos por la noche a pintar consignas contra el gobierno. Íbamos dos chicos y dos chicas, y cuando veíamos que se acercaba un policía, nos abrazábamos y nos besábamos como si fuéramos novios, para disimular. Sabíamos que corríamos riesgo pero, cuando se iba el policía, continuábamos pintando”, explica entre risas.

En mayo del año 57, su padre ingresó desde Clorinda a Paraguay para participar en una reunión clandestina, pero se filtró el encuentro y detuvieron a los conjurados. Por equivocación, dejaron en libertad a su padre, que pudo escaparse del país gracias al asilo de la embajada uruguaya, pero cuando la policía se dio cuenta del error, fueron a buscarlo. Esa misma noche, a las 2 de la madrugada, irrumpieron en casa de los abuelos de Olga en busca del fugitivo, y tras revolverlo todo y no encontrar su objetivo, se la llevaron presa a ella y a su madre. Pasaron dos meses detenidas en un cuartel de policía en Asunción, soportando constantes interrogatorios. “Mentiría si dijera que nos golpearon mucho, pero era duro oír cómo torturaban a otra gente, sus gritos y sus llantos. Ellos nos amenazaban y yo tenía miedo de lo que podían hacernos, pero aguantaba”, explica. Sus convicciones y la esperanza de recuperar la libertad era lo que le daba fuerzas para resistir.“Pensaban que nosotros propiciábamos armas en Paraguay, y querían que delatáramos a gente, que les diéramos nombres, pero callamos”. Y añade: “Nunca traje bombas, pero me habría gustado”.

Como no soltaban prenda, trasladaron a Olga y a su madre a la comisaría número 4 de Asunción, donde continuaron los interrogatorios. “Pasamos 6 meses tiradas en el piso, con un olor horrible, con frío y humedad. Sólo teníamos un colchón roto y una lata de leche para hacer nuestras necesidades y sólo nos dejaban higienizarnos media hora cada 3 días”. Además de la dureza de las condiciones físicas, Olga sufrió tortura psicológica: “Me amenazaban continuamente. Por ejemplo, un día venían por la mañana, se acercaban, y me decían: vas a ver lo que te pasará esa noche. Entonces, yo ya no podía dormir del terror que sentía”.

Después de medio año, y por mediación de un obispo pariente de la familia Augsten, Olga y su madre lograron que las reubicaran de nuevo a otro penal, esta vez a la cárcel del Buen Pastor, un centro de internamiento regentado por monjas, donde las condiciones de vida mejoraron un poco. Tres meses después, les dieron la libertad y las echaron del país.

Sin despedirse de sus amigos, fueron a vivir a Clorinda, con su padre, que ya se había trasladado de nuevo al exilio, y allí pasaron a engrosar las filas de la resistencia. Sin embargo, Stroessner quería que la familia volviera al país y se uniera a su régimen a cambio de favores. Era algo personal, puesto que el padre del dictador y el abuelo de Olga habían llegado juntos desde Alemania años atrás, estableciéndose en Encarnación, al sur de Paraguay. Los Stroessner y los Augsten fueron por entonces familias apegadas. “El dictador tenía un bronca especial con mi papá, porque sentía que era como una traición a su familia. Stroessner trató de comprar a mi padre, pero él lo rechazó. Le dijo que las ideas no se venden”, cuenta Olga.

En Clorinda, Olga se convirtió en Nancy, su sobrenombre en la clandestinidad, y durante más de 30 años participó en distintos operativos para derrocar el régimen. “Mi casa estaba a una cuadra del río que divide Argentina y Paraguay, así que era muy fácil ingresar de incógnito al país. Ya teníamos nuestros contactos, que nos ayudaban a cruzar en bote, y luego me quedaba escondida a casa de gente afín”, recuerda. Con este método, Nancy introdujo varias veces desde Clorinda sacos llenos de octavillas que clamaban contra Stroessner, y como representante del exterior, Nancy asistía a las distintas reuniones que la disidencia organizaba en secreto.

La actividad no cesó cuando se casó, a los 22 años, con el doctor Aquino. Salvaguardado por la buena imagen que el pueblo tenía de él, acumulaba también un largo historial revolucionario que le llevó, como a Nancy, a estar en alguna ocasión entre rejas. Juntos formaron un equipo dentro y fuera del matrimonio, y continuaron con sus actividades clandestinas estableciendo por seguridad una estrategia de supervivencia familiar: “Normalmente yo iba al frente y él se quedaba en la sombra, porque si detenían a alguien era mejor que fuera yo, puesto que él era quien aportaba el dinero a la familia. Si caía uno, el otro tenía que aguantar para continuar luchando”, aclara.

Mandaban medicamentos, dinero y ropa para los presos políticos, escondían a perseguidos, y su casa se convirtió en otro centro de reuniones de la disidencia. Su apoyo logístico ayudó en la formación de una guerrilla, y en la organización de un intento golpista. “Alojamos en nuestra casa 300 personas que iban a apoyar un levantamiento militar contra Stroessner, pero al final no pudo realizarse porque hubo un chivato del ejército que delató el complot”, explica.

La satisfacción y el orgullo de participar en la lucha para lograr la caída de la dictadura, tuvo sin embargo su sabor amargo. “Me sentía apestada porque mucha gente paraguaya que estaba de paso en Clorinda me rechazaba por miedo, o porque no estaban de acuerdo con lo que hacíamos. Algunos se daban la vuelta si me veían por la calle, para no saludarme, e incluso mi hermana, que vivía en Asunción, me negaba que la fuera a visitar en secreto porque decía que si me descubrían la comprometería”, recuerda.

Además, Nancy y su familia tuvieron que aprender a vivir controlados. Durante todos esos años, espías y confidentes seguían todos sus pasos en Clorinda, lo que llevó a que 7 veces la policía allanara su casa en busca de pruebas que los comprometiera. La persecución llegó a su punto álgido con el golpe de estado de Videla en Argentina el año 1976. Nancy se daba cuenta de la inestabilidad política de su país de acogida. “Ya se veía venir, por eso me tomé la molestia de sentarme una tarde a quemar unos 400 libros y revistas de línea comunista que tenía en mi librería. Para mi eso fue muy duro”, dice con los ojos humedecidos.

Probablemente ese gesto fue determinante para salvar su vida. Día a día fueron desapareciendo paraguayos opositores a Stroessner en Argentina, hasta que les llego el turno a ellos. “Registraron la casa, se llevaron libros, documentos, y papeles de propiedad, y nos llevaron presos. Teníamos mucho miedo porque sabíamos qué estaba pasando y pensábamos que nos matarían”, confiesa Nancy. Ese operativo formo parte de la Operación Cóndor, en que las dictaduras de América Latina conformaron un plan de colaboración con la CIA para detener, interrogar, torturar y asesinar todas las personas subversivas a sus regimenes y afines al comunismo. De hecho, en Paraguay se encontró el único archivo que da fe del seguimiento al que se vieron expuestas muchas personas opositoras como Nancy: “Había informes en los que se registraba todos los movimientos que se hacía en casa, quien entraba, quien salía, con quien nos reuníamos, etc.”,explica.

Se calcula que 80.000 personas murieron o desaparecieron víctimas de la Operación Cóndor, pero Nancy y su familia corrieron mejor suerte. Tras 48 horas de interrogatorios, a ella y a su esposo los soltaron. Su padre tuvo que esperar 15 días más, pero finalmente también recuperó la libertad. “A nosotros nos salvó el hecho que mi marido era muy querido por todo el pueblo y por los gendarmes de Clorinda, porque su médico trabajaba en el consultorio de mi esposo. Ellos sabían que nosotros sólo participábamos en la parte logística de la resistencia, y que no éramos guerrilleros”, explica.

Sin embargo, esas 48 horas de arresto e interrogatorios sembraron de nuevo la semilla del miedo en su corazón. “Durante 5 meses no me atrevía a abrir la puerta cuando llamaban por la noche por un parto o por un accidente, porque tenía terror de que fueran los militares de nuevo y que nos mataran”. Nancy no descansó hasta que el ejército abandonó Clorinda, pero la mala experiencia, que todavía recuerda con sufrimiento, no fue suficiente para convencerla en dejar la lucha por sus ideales.

Nancy mantiene todavía hoy su espíritu combativo. A sus 70 años milita en las filas del Partido Movimiento al Socialismo con el objetivo de lograr una sociedad mejor para sus nietos. “Ahora estamos con una supuesta democracia, pero en realidad no es tal porque la estructura es la misma. Cambiar esto llevará tiempo, y no creo que yo lo llegue a ver”, comenta.

Lo que sus ojos sí pudieron distinguir fue la caída de la dictadura de Stroessner tras 35 años de gobierno. Eso se terminó, pero ella todavía convive con las secuelas físicas y psicológicas fruto del estrés postraumáticos. No tolera bien estar en espacios cerrados, tiene insomnio, cuando no pesadillas, y sufre dolores en el cuerpo por los meses encerrada en la celda. “Esos dolores los empecé a sentir a los 20 años, después de pasar por la cárcel, pero luego se agudizó con la obesidad”, explica.

La mayoría de los responsables de los crímenes de la dictadura de Stroessner no han rendido cuentas con la justicia, cosa que a Nancy le indigna. “Hay quien me dice que olvide esa historia, pero ¿cómo quieren que olvide si me frustraron la juventud? ¿Cómo quieren que me olvide de mis 6 meses en una celda con sólo una lata de leche para hacer mis necesidades?”, se queja.

Ni olvida, ni perdona, y ese sentimiento, a la vez, le aviva el orgullo por la lucha que libró en la clandestinidad. “Siento que estoy en un país mejor por propios méritos, y también gracias a todo lo que yo hice desde el exilio”. Sin embargo, no se lo han reconocido públicamente. Al terminar la dictadura, hicieron un homenaje a su esposo en la capital de Paraguay en agradecimiento a su compromiso con las libertades y la democracia, y esta vez, fue Nancy la que quedó en la sombra. “Ahí se ve el machismo de la sociedad paraguaya, porque a mi me veían solamente como a una acompañante”, pero añade sin ningún tipo de rencor, “en realidad, reconocían la labor de mi marido como cabeza de una familia comprometida. No hay que olvidar en qué época vivíamos”.

Nancy minimiza el hecho, mientras yo me pregunto cuantas historias de mujeres habrán quedado ocultas bajo la sombra de algún hombre.

ElMundo.es - España 26 de julio 2010

Jurista paraguayo defiende en París acceso a los archivos de las dictaduras

PARÍS — El jurista paraguayo Martín Almada defendió el lunes en París el acceso a los archivos militares en los países del Cono Sur que en los años 70 respaldaron el Plan Cóndor, cuya estructuración revelaron los llamados "Archivos del terror" que el conocido abogado descubrió en 1992.

"Lo que hizo Paraguay con los archivos fue demostrar que había una estructura" represiva impulsada por la dictadura chilena dirigida por Augusto Pinochet (1973-90) y a la que adherían las dictaduras de Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia y Paraguay, afirmó Almada durante una conferencia ofrecida en la Maison d'Amerique Latine organizada por el Colectivo Argentino para la Memoria.

Porque "los militares siguen teniendo los archivos. Los militares nunca tiran nada", sostuvo Almada ante un centenar de personas que asistieron a la conferencia "La operación Cóndor y el terrorismo de Estado en América Latina", que arrancó relatando sus comienzos a principios de los 70 como maestro y director de escuela en San Lorenzo, cerca de Asunción.

Almada, preso político durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-89), actual coordinador de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Paraguay, descubrió el 22 de diciembre de 1992 al sur de la capital paraguaya tres toneladas de archivos secretos de la policía política, la misma que lo detuvo en los 70 tras acusarlo de ser "un terrorista intelectual".

"En la comisaría 3ª, que la llamaban 'sepulcro vivo' estuve detenido con la cúpula del Partido Comunista de Paraguay, pero también con el argentino Amilcar Santucho y con el chileno Jorge Fuentes Alarcón, líder del MIR", Movimiento de Izquierda Revolucionaria, contó Almada al auditorio al explicar de qué forma se fue enterando de la existencia del Plan Cóndor.

Recordó que fue un comisario quien le habló por primera vez del Plan Cóndor, nacido en Chile. Más tarde sabría que ese plan represivo se había gestado en una reunión de servicios de inteligencia de la región celebrada el 25 de noviembre de 1975 en Santiago a la cual había invitado el general Manuel Contreras, jefe de la DINA (policía secreta de Pinochet).

"El 'Cóndor' tenía tres cabezas: (Henry) Kissinger (secretario de Estado norteamericano) que era el primer terrorista; Pinochet, que quería limpiar a la sociedad de los comunistas y (el dictador boliviano) Hugo Bánzer, que quería limpiar a la Iglesia de los sacerdotes comunistas", explicó Almada en esta visita a París, a donde no venía desde hacía más de 10 años, antes de proyectarse un breve documental del día en que junto a un juez de 28 años entró en la vivienda en que había sido torturado, en una de cuyas habitaciones estaba el Archivo en cuestión.

"Allí encontramos el acta de nacimiento' del Cóndor, presentado como una reunión de inteligencia", recordó Almada, cuya incansable tarea contribuyó para que el juez español Baltasar Garzón pudiera ordenar en 1996 la detención en Londres del ex dictador chileno, aseguró.

"Para Paraguay, esto ha sido muy importante porque hoy hablamos de la historia negra en el aula", sostuvo Almada, cuyo primer encuentro con el Plan Cóndor fue en una universidad argentina en la que en 1972 estudiaba pedagogía.

Almada agradeció inmensamente al auditorio, entre quienes se contaban muchos de sus amigos del exilio en Francia, entre ellos el periodista francés Pierre Abramovich, quien recordó su tarea junto a Almada al descubrir el significado de aquellos archivos.

"A partir de entonces se empezaron a cruzar elementos entre Paraguay, el 'Nunca Más' de Argentina y años después los archivos desclasificados en Estados Unidos sobre el asesinato de Orlando Letelier", recordó.

"El problema, hoy en día, es que no hay conexión multinacional entre esos documentos", sostuvo Abramovich.

Almada es optimista y afirma que ese objetivo se logrará profundizando las tareas de investigación que se llevan adelante desde el ámbito universitario en Paraguay y en Argentina.

"Hemos hecho muchos avances, pero nuestro deber es reflexionar y tratar de cortar las alas al Cóndor", sostuvo Almada, presentado como un "ejemplo de nuestro trabajo de memoria".

Estado de las fuentes documentales y bibliotecas públicas y privadas en el Paraguay para el estudio de las dos guerras

1) Introducción

1 Los actuales historiadores y sus investigaciones históricas parten de las situaciones presentes. Esto nos lleva a revisar y reelaborar la historia paraguaya y en especial las de ambas guerras inscriptas para siempre en nuestro destino. Con nuevos enfoques, nuevas fuentes, las que se siguen sumando a las ya existentes, así como centros de documentación, bibliotecas privadas que pasaron a ser habilitadas para el público y sobretodo con la nueva tecnología y nuevos soportes que abren el panorama de la interpretación y confrontación de los hechos del pasado histórico, estando por tanto en constante reelaboración, posibilitan un mejor entendimiento del ambiente natural y socio cultural del escenario de las dos guerras, así como del presente del Paraguay y su entorno histórico-geográfico.

2 Ya no se trata solamente de una historia de hechos, batallas, héroes y fechas, sino de un paisaje general del presente a partir del pasado, en especial porque en la historia no se puede separar su secuencia cronológica. Aunque no podamos soslayar la historia y sus períodos, trataremos de combinar los hechos en forma diacrónica y sincrónica, entendiendo a la Historia de las Guerras del Paraguay como americanas y regionales.

3 Tanto la historia y la geografía americana, como las letras o las representaciones literarias, los mitos y las leyendas, las sociedades, la antropología, los actores y personajes mítico/ legendarios y héroes, la mujer, el imaginario general y local, la memoria colectiva de los pueblos involucrados, la lengua, las empresas y la economía, la tecnología, los viajantes, las curiosidades, la música, los monumentos y lugares históricos, la vida cotidiana, la imagen, tanto el grabado como el fotográfico y el cine, los joyas y el oro, la muerte y los cementerios, la cultura popular, el folklore y en fin todo lo que podamos ver, consultar, interpretar y recrear, están relacionados con las dos grandes guerras que tuvo que librar el Paraguay en los siglos XIX y XX.

4 Cabe por ser oportuno y necesario en estos tiempos y a la luz de una integración del cono sur americano, hablar de las guerras, para ir disipando rencores y desencuentros y traer verdades con la investigación y no atribuir más… “culpas al adversario desde la propia visión del acontecimiento, defendiendo con la misma convicción la justicia postergada de la propia causa…” 1

5 Este trabajo será siempre provisorio y corregible, porque se tendrá acceso a fuentes hasta hoy desconocidas. No obstante, pretendemos a la vez advertir que las guerras del Paraguay pueden ser investigadas desde otras disciplinas, como las ciencias naturales, médicas, la geografía y no sólo la cartografía que ha sido el principal material estratégico para ubicar las posiciones enemigas, batallas, travesías e interpretarlas desde sus diferentes ámbitos, acontecimientos y consecuencias. Como ejemplo citaremos el del médico investigador Fred L. Soper2, quien ha escrito un artículo muy importante sobre el parásito que se transmitió ya durante la Guerra Grande y que fue traído por los esclavos.

6 También existen las fuentes del Archivo Nacional de Asunción de la Sección Nueva

Encuadernación, en las que se tratan de los enrolamientos para la Guerra Grande hechas en pueblos y partidos, alistándose …“urbanos útiles”, y aclarando “los urbanos inútiles… enfermos…” en… “Lista informe de Hospitales Militares: Lista de enfermos inútiles…con especificación de enfermedades...”3 , pudiendo saberse qué enfermedades padecía la población paraguaya. En las listas también aparecen apellidos guaraníes y otros folios de los mismos volúmenes, que presentan la situación general de la agricultura por años, por pueblos y partidos.

7 Considerar en estos tiempos cuáles son propiamente las fuentes históricas es un hecho muy complejo, ya que no son solamente las “…que nos han sido transmitidas por medio del lenguaje, la escritura y las representaciones plásticas…”4, pues debido al avance tecnológico, los nuevos soportes y los medios de difusión ya no son únicamente los libros, el lenguaje y las imágenes. Estamos ante una revolución de la comunicación casi instantánea y de difusión masiva con el internet5, los Cdrom, DVD y la imagen digital, foto/video, etc. Por lo tanto, limitar las fuentes para el estudio de las dos guerras sólo a los archivos, bibliotecas, museos y colecciones privadas en el Paraguay es hoy el “pasado”, pues casi todo investigador accede a estos medios y soportes que facilita la tecnología. Sin embargo, trataremos de presentar los lugares donde investigarlas en Paraguay.

Adelina Pusineri, « Estado de las fuentes documentales y bibliotecas públicas y privadas en el Paraguay para el estudio de las dos guerras », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Coloquios, 2006, [En línea], Puesto en línea el 16 marzo 2006. URL : http://nuevomundo.revues.org/2187. Consultado el 26 junio 2010.

El teatro de postdictadura: relectura traumática del cuerpo ausente

Las consecuencias de la dictadura aparejaron diversas rupturas sobre la praxis teatral, eCuadro de texto:  mpezando por los ejes narrativos y discursivos sobre el pasado, la memoria y la escritura del presente y del futuro. El trauma de lo acontecido se despliega en la conciencia del horror, la memoria como retorno reiterado del pasado, el descarnamiento y la existencia de signos aún presentes de aquel tiempo.Asumiendo la posibilidad de poetizarlo, los cuerpos ausentes son aquellos que configuranel teatro de los muertos al que hace referencia Jorge Dubatti (2009). Es decir: el relato de los que no están. Las causas de esa ausencia es justamente lo que intenta –no explicar- sino interrogar el teatro. Dicho interrogante es lo que queda inscripto en los cuerpos femeninos, como síntoma del cuerpo social.

Las obras mencionadas intentan justamente recrear corporalmente esas relecturas traumáticas de la memoria. Pues la memoria no se agota en el acto de recordar, sino justamente en el énfasis de la consecuencia, en el alerta de los signos que puedan repetir el golpe, en la lucha por impedirlo.

En ambas obras existe una construcción híbrida de lo popular, que yuxtapone formas discursivas populares locales y apropiación de tendencias formales extranjeras. Lo político se presenta en formas no panfletarias, no urgentes, no iracundas, sino bajo la distancia reflexiva que otorga el tiempo transcurrido. Ninguna de las dos obras-ninguna de las dos mujeres, ninguno de los dos relatos- concilia ni resigna el pasado: exponen, sintetizan, denuncian desde el lugar del sobreviviente. En ambas, la corporeidad femenina se asume en párodos de la memoria colectiva, en un intento por rescatar a los muertos de la antropofagia que procuran el olvido y la ausencia.

Notas

1. Comentario extraído de la entrevista realizada a Eduardo Hall el día 2/06/2008. Volver

Bibliografía

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De Toro, Fernando, 1987. Semiótica Teatral. Del texto a la Puesta en Escena. Buenos Aires, Galerna.

Dubatti, Jorge. 2009. “Por qué hablamos de Postdictadura”, en Teatro en la Argentina, edición on line disponible en: http://www.teatroenlaargentina.com.ar/index.php/ensayos-y-estudios/50-jorge-dubatti.html

Dubatti, Jorge, (Coord.), 2003. El teatro de grupos, compañías y otras formaciones (1983-2002). Micropoéticas II. Buenos Aires, Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Centro Cultural de la Cooperación.

Espinosa Domínguez, Carlos. 1987. “Facundina: Teatro con todas las letras”, en Latin American Theatre Review, Vol. 21, nº 1 (Fall 1987), Kansas, Center of Latin American Studies, University of Kansas: 99-107.

Martínez, Adelaida, 2001. “Feminismo y literatura en Latinoamérica”, en Revista Solo Literatura, edición on line disponible en: http://www.sololiteratura.com/fer/ferfeminismoylit.htm

Ure, Alberto, 1983. Teatro. “Un viaje a sus raíces”, en Revista La voz Semanal, s/d.

Zayas de Lima, Perla, 2007. “La voz femenina indígena como ejercicio de resistencia: el caso de Luisa Calcumil”, en Revista Telón de Fondo. Teoría y crítica Teatral, Universidad de Buenos Aires. Año III, nº 5. Disponible en: www.telondefondo.org: 1-12.

Fuentes primarias de consulta

Sección Espectáculos del Diario El Día de la ciudad de La

LA IMAGEN

Un objeto impactante de memoria

Cora Garmanik

Universidad de Buenos Aires

Sobre: Claudia Feld y Jessica Stites Mor (comps). El pasado que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente. Paidós, Buenos Aires, 2009.

Las imágenes y la lucha por el sentido que las autoras suscitan, constituyen una parte importante de la cultura contemporánea y son centrales en la disputa por la interpretación del pasado.

De reciente publicación, El pasado que miramos: memoria e imagen ante la historia reciente, compilado por Claudia Feld y Jessica Stites Mor con prólogo de Andreas Huyssen, tiene la gran virtud de analizar la forma en que las imágenes se han transformado en la forma representativa por excelencia del pasado reciente. Un tema tan crucial como desvalorizado en general por las ciencias sociales.

Si bien se retoma la bibliografía que trabajan estos temas en otras latitudes, el libro tiene el mérito de pensar la particularidad argentina, específicamente cómo se representó la década de los ‘70 en las distintas épocas de la postdictadura: qué se hizo en los inicios de la transición, los cambios en las formas de representación en la década de los ‘90, lo que ocurrió con la inclusión de otras prácticas de lucha a partir de los 2000.

¿Cuáles son las huellas que nos dejan de esa época la fotografía, el cine, el documental o la TV?¿Cómo se representó en imágenes la militancia revolucionaria, la lucha armada, la violencia política, la dictadura, la represión, la lucha por los desaparecidos? ¿Cómo qué imágenes se contó el horror de la dictadura, el secuestro, la tortura y la desaparición en Argentina? ¿Cuál es el papel que tuvieron los distintos medios en los modos de recordar u olvidar? El libro en sus distintos capítulos intenta dar respuesta a estos interrogantes a partir de cruces disciplinarios que permiten nuevas lecturas de los mismos objetos. Se entrecruzan así saberes históricos, comunicacionales, de realización cinematográfica, sociológicos, antropológicos y de estudios en el campo de la memoria.

Cada capítulo aborda un tipo particular de imágenes (fotografías, documentales, películas de ficción o imágenes televisivas) como un corpus concreto, un lenguaje específico con sus códigos, sus determinadas formas de representación, sus debilidades y fortalezas para construir sentidos. Los artículos analizan no sólo la forma de producción de las imágenes en los distintos contextos históricos y temporales en los que se crearon, sino también su uso y sus diferentes formas de circulación, su forma y su contenido. Es decir, la imagen ya no como ilustración o decoración, sino como un objeto de investigación en sí misma. Esta interrelación entre estudios en clave histórica y comunicacional, junto con otros aportes disciplinarios, se inscribe además como parte del fructífero campo de los estudios sobre memoria, que en sí mismo es proclive a intensos cruces interdisciplinarios. Atraviesan el texto entonces estudios sobre memoria, historia reciente e imagen, lo que permite nuevos vínculos que creemos necesarios y fecundos.

El libro está organizado en cuatro partes: la primera de ellas denominada “El testimonio y la cámara”, incluye dos artículos que se preguntan justamente por el lugar del testimonio de los sobrevivientes en relación con los posibles modos para representar el horror de lo vivido durante la dictadura. Los textos reflexionan sobre cómo han hecho el cine en un caso y la TV en el otro, para reemplazar las imágenes (que se supone no existen o por lo menos no se conocen aún) de la experiencia límite al interior de los campos de concentración. Sandra Raggio analiza fundamentalmente la película La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986) y Claudia Feld, por su parte, estudia la puesta en escena de los testimonios sobre desaparición en la TV, en tres momentos históricos bien diferenciados (1984-1985, 1998-1999 y 2006) y los vincula con los estudios sobre memoria.

La segunda parte se titula “Política e imágenes: visualizar los setenta”. Allí se incluyen tres artículos que investigan cómo se representaron algunos hechos de la década de los ‘70 en diferentes momentos históricos. Mirta Varela estudia en particular el caso de la llamada “Masacre de Ezeiza”, analizando entre otras cosas, cómo y a partir de que recorrido, la manifestación popular más numerosa de la historia argentina quedó reducida a dos fotografías que se transformaron en símbolo de ese acontecimiento. Valeria Manzano se centra en la película GarageOlimpo, analizando cómo es construida una visión de la década de los ‘70 pero atravesada por la mirada política de los ‘90. Por su parte, Lorena Verzero expone el cine documental producido en los 2000, los filmes que representan la militancia de la década de los ‘70 y las distintas formas en que lo hizo una nueva generación de cineastas, varios de los cuales son hijos de desaparecidos.

La tercera parte del libro, subtitulada “Fronteras de la representación”, incluye dos artículos: uno de Jessica Stites Mor, que hace una genealogía del cine de Fernando “Pino” Solanas, y otro de Carmen Guarini, que examina desde su propia práctica profesional el uso de imágenes de archivo en filmes documentales.

Por último, la cuarta parte trata especialmente el caso de la fotografía como práctica de la memoria. El artículo de Emilio Crenzel analiza las fotografías incluidas en el informe Nunca Más; Kerry Bystrom compara las obras de dos artistas plásticos, Marcelo Brodsky y León Ferrari, que utilizan la fotografía y, al mismo tiempo, ponen en cuestionamiento sus propios límites como forma de representación, y por último, Ludmila Silva Catela desarrolla un pormenorizado análisis etnográfico del uso de las fotografías como (re)presentación de la desaparición de personas en Argentina, tanto en el espacio privado como público.

Como señalan Feld y Stites Mor en la Introducción del libro: “Las imágenes se convierten en vehículos privilegiados a la hora de construir e interpretar el pasado, darle sentidos y reflexionar sobre la transmisión hacia las nuevas generaciones. En sus complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las imágenes se revelan como poderosos instrumentos no sólo para conocer el pasado y estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino para hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria social”. Es por eso que es imprescindible estudiarlas. El libro es un aporte clave en este sentido.