
Por Andrés Cárdenas BUENOS AIRES, 13 (ANSA) - La vida de los inmigrantes paraguayos en Argentina, analizada desde fines del siglo XIX hasta nuestros días, con el aporte de teorías sociológicas, políticas y un riguroso estudio estadístico, conforma la reciente obra del investigador argentino Gerardo Halpern. El libro gira en torno al concepto de "etnicización" y discriminación hacia esta comunidad, en formas que variaron a través del tiempo, así como rastrea sus luchas de décadas por la integración contra un estado expulsor -como el pedido del derecho a voto en el extranjero y otras reivindicaciones- y en un país receptor que le impone reglas no siempre equitativas. "Etnicidad, inmigración y política. Representación y cultura política de exiliados paraguayos en Argentina" (Prometeo) reúne investigaciones de Halpern, miembro del Grupo de Estudios Sociales sobre el Paraguay de la Universidad de Buenos Aires. La riqueza de la propuesta, entre otros muchos aspectos, se basa en el estudio de cifras estadísticas oficiales de ambos países, que le permite identificar y desbaratar prejuicios arraigados, de intencionada raíz xenófoba, como la invasión limítrofe que "perjudica a los trabajadores argentinos". "La idea (en el imaginario de cierta porción de la población argentina) del 'enclave europeo', la idea de que descendemos de los barcos, requiere de la indigenización salvaje de Paraguay y Bolivia, del ennegrecimiento o la carnavalización de Brasil, de la provincialización de Uruguay y de un desprecio de combinaciones explosivas hacia Chile", dijo en sintonía con el libro y al presentarlo el estudioso Alejandro Grimson. "Los motivos principales por los que los paraguayos (al igual que los bolivianos) superaron en número a los inmigrantes europeos -italianos y españoles- han sido, básicamente, el mantenimiento constante del movimiento de poblaciones entre Paraguay y Argentina, a la vez que la detención -ya histórica- de los flujos europeos hacia la Argentina", explica Halpern sobre los cambios de composición migratoria entre 1869 y 2001. La migración paraguaya tuvo picos tras la enajenación de tierras públicas que siguió a la derrota de la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), la guerra civil de 1947 y especialmente la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989). Asimismo, en consonancia con los propios movimientos internos argentinos, la masa de inmigrantes paraguayos se insertó al principio en labores agrícolas en las provincias del nordeste para pasar a tareas industriales, en la construcción y los servicios en Buenos Aires y su conurbano desde la década de 1950 hasta nuestros días. Sin embargo, un dato interesante son los poco más de 325.000 paraguayos registrados de modo oficial en Argentina hasta 2001, cifra mucho menor a los casi dos millones que autoridades de Asunción estimaban hasta hace pocos años, cuando en todo Paraguay la población total apenas superaba los 5 millones. Este volumen de cifras migratorias, sólo se da en casos de catástrofes naturales, genocidios o guerras, y no son reales para el caso paraguayo, según el autor. Una estimación realista indica, para Halpern, que tras la crisis económica de 2001 en Argentina, España pasó a ser el segundo receptor de migración paraguaya, cuya comunidad aún así no supera actualmente los 30.000 residentes. De todas maneras, la población paraguaya en el extranjero representa, con cifras cotejadas, casi un 15% del total actual del país, un número ciertamente muy alto. Halpern sostiene que la versión intencionada de la "invasión" de inmigrantes paraguayos (y de otros países limítrofes y Perú) a Argentina obedece a relatos que buscan discriminar, generando una "alteridad" de indeseables sobre los que hacer recaer la culpa de los problemas que afectan al país. Así los inmigrantes limítrofes pasaron a cargar sobre sí desde la desocupación y el clientelismo hasta el aumento de la delincuencia o las epidemias de dengue y cólera. A configurar este panorama ayudó por décadas el propio estado paraguayo, especialmente durante la dictadura de Stroessner, alimentando la versión de que los paraguayos que se iban, lo hacían "porque no querían a su país" y si intentaban volver, no eran verdaderos ciudadanos sino "extraños, argentinizados, curepizados (mote despectivo para los argentinos)". Una versión del "otro", del indeseable, pero esta vez replicada en espejo desde el país que los expulsó por persecuciones políticas o por carencias económicas. El estudio es abundante en entrevistas a los "exiliados" paraguayos, término con el que se autodenominan aún los inmigrantes por motivos económicos, en las que hablan sobre sus deseos de regresar, pocas veces concretados, y sobre la noción de "gratitud y deuda" hacia un país que los recibió, aún con leyes migratorias deficientes y en condiciones laborales precarias respecto de la población local. Asimismo se analiza en el libro, década por década de la segunda mitad del siglo XX, la activa participación política de los paraguayos tanto en organizaciones propias (con núcleos fuertes como el Club Deportivo Paraguayo o las multitudinarias peregrinaciones anuales de Caacupe'í, en el conurbano bonaerense) así como en partidos y movimientos argentinos, especialmente en la lucha contra la dictadura stronista. Las víctimas del Operativo Cóndor, de coordinación represiva entre las dictaduras en los años '70, y de los intentos de lucha armada promovidos desde Argentina contra Stroessner como el Frente Unido de Liberación Nacional (Fulna) y el Movimiento 14 de mayo, a fines de los '50 e inicios de los '60, son también relevadas en capítulos aparte. DFB
Lugo y el narcofascismo
Por Atilio A. BoronEl gobierno de Fernando Lugo se encuentra seriamente amenazado y las probabilidades de un “golpe institucional”, pérfida invención para sacarse de encima presidentes molestos como Zelaya en Honduras, se potenciaron en días recientes. La grave enfermedad que lo afecta y el riguroso tratamiento a que se verá sometido sirven en bandeja al desprestigiado Congreso paraguayo el pretexto para destituirlo “legalmente”. Si esto finalmente se concreta, se produciría una gravísima regresión política que pondría abrupto fin a la primavera democrática vivida en los últimos dos años. Pese a que la presidencia de Lugo carece de la voluntad transformadora de Chávez, Morales o Correa y que su gestión se caracteriza por múltiples incoherencias, la sola presencia de un personaje que desde el gobierno proclame su identificación con los condenados de su tierra basta y sobra para que la clase dominante local no vea la hora de sacárselo de encima, por cualquier método.Desde que asumió, Lugo tuvo que vérselas con la derecha más primitiva y corrupta de Sudamérica, lo cual ya es mucho decir. Expresión política de una banda que ni siquiera merece el nombre de oligarquía –la voz “cleptocracia” captura con más nitidez su naturaleza–, esa derecha es un impresentable conjunto de rufianes que construyeron sus grandes fortunas desangrando al país bajo la conducción del “capo de tutti i capi”, el dictador Alfredo Stroessner. Este organizó el saqueo de las tierras fiscales, el contrabando en gran escala y el tráfico de droga y de personas, con la abierta complicidad de sucesivos gobiernos de Estados Unidos, Israel y Taiwán, sumiendo a la población en el atraso, la ignorancia y la extrema pobreza. Atraso e ignorancia que caracterizan adecuadamente a una “cleptocracia” que todavía no reconoce al gobierno de la República Popular China y sí lo hace con Taiwán, a cambio, claro está, de suculentos sobornos o de “regalos” que se exhiben impúdicamente como, por ejemplo, el nuevo edificio de la Legislatura paraguaya. No sólo eso: se trata de una banda que justifica aquella venerable caracterización que en su época realizara el ardiente Agustín de Hipona (antes de que la Iglesia lo santificara convirtiéndolo en un icono inexpresivo) sobre los Estados, a los que definía como una “conspiración de los ricos” para oprimir a los pobres.La inesperada elección de Lugo vino a inmiscuirse inoportunamente en el corrupto rodaje que enriquecía a la clase dominante a costa del permanente saqueo de la nación, todo lo cual la arrojó a una desorbitada oposición cuyo ánimo destituyente empequeñece el que exhiben algunos personajes de la derecha argentina. Al igual que ocurre entre nosotros, la derecha paraguaya es estructuralmente inepta para construir nada que no sean sus turbios negocios: por eso creció a la sombra de un feroz dictador y luego de la mano de gobiernos supuestamente democráticos que jamás tuvieron la menor intención de desmontar esta infernal maquinaria del atraso y la opresión. El acendrado anticomunismo de estos bandidos les permitió gozar de la protección norteamericana para su pillaje; a cambio, cedieron dos grandes bases militares en Mariscal Estigarribia y Pedro Juan Caballero, diseñadas para cerrar desde el Sur el control territorial sobre la riquísima Amazonia establecido desde las siete bases obtenidas en Colombia. Y cedieron también, y Lugo no supo impedirlo o desmontarlo, el control de cerca de un 80 por ciento del aparato estatal paraguayo a manos de la Usaid, favorecido por el sabotaje que la derecha realiza desde el Congreso al no votar el presupuesto que necesita el país y, mucho menos, modificar la escandalosamente regresiva legislación tributaria del Paraguay. Desfinanciado hasta la impotencia, los proyectos del gobierno deben realizarse con el dinero de Estados Unidos, lo cual está a punto de convertir al país en un protectorado norteamericano.Lugo cuenta a su favor con un alto grado de aceptación pública y con la convicción de las fuerzas populares de que, pese a su desilusión con las vacilaciones y titubeos del presidente, lo que le sucedería es muchísimo peor. El artífice de esta operación es el propio vicepresidente, Federico Franco, coadyuvado por los ministros del Interior y de Relaciones Exteriores, y sus promotores son la embajadora estadounidense Liliana Ayalde –en cuya casa se celebran las reuniones conspiratorias, con total descaro– y Aldo Zucolillo, dueño de un emporio empresarial entre los cuales sobresale su ariete ideológico, el diario ABC Color. Este personaje tuvo una destacada actuación como gestor del Plan Cóndor y tanto él como sus hermanos fueron tropa de confianza de Stroessner, al punto que ambos solían vacacionar juntos en Miami mientras urdían nuevos negociados a costa del pueblo paraguayo. Para la SIP y muchos en Washington ese diario es un baluarte de la democracia, cuando en realidad se trata de exactamente lo contrario: el house organ de la mafia que se adueñó de Paraguay y vehículo principal de la extorsión que efectúa para disciplinar a la clase política. Bastó un editorial del ABC Color para que al día siguiente el Senado postergara sine die el tratamiento de la ratificación del Tratado constitutivo de la Unasur. Y el sábado pasado editorializó en contra de que el mismo órgano removiera con su voto positivo el último obstáculo que se interpone a la plena incorporación de Venezuela al Mercosur.Pese a la significativa ayuda que el presidente bolivariano le presta a Paraguay –suministrando combustibles a precios por debajo del mercado, entre otras cosas–, este sicario ideológico del imperialismo exhortó a los senadores a cerrarle el paso a Chávez. Al compadre y compinche de Stroessner no le tembló el pulso para escribir que “No sin esfuerzo los paraguayos nos hemos liberado del oprobioso yugo de un tirano sanguinario y rapaz (¡Stroessner!) para permitir que otro, esta vez forastero, venga a pretender someternos con su estilo político autocrático e intolerante”. Este es el intelectual orgánico de la derecha que vela sus armas esperando dar el zarpazo que lo libre de la molesta presencia de Lugo y restablecer el imperio del narcofascismo.* Director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación.
Literatura reflejo del país del pasado
Uno de los cinco autores que elaboraron el libro “Historia cultural del Paraguay 2ª parte”, Rodrigo Colmán Llano, se refiere en esta entrevista a la literatura paraguaya en el siglo XX. Los demás autores son: Francisco Pérez-Maricevich, Ignacio Roldán, Amalia Ruiz Díaz y Carlos Sosa Rabito.
Esta obra aparecerá el próximo domingo con el ejemplar de ABC, dentro de la Colección La Gran Historia del Paraguay, de la Editorial El Lector. He aquí la entrevista con Rodrigo Colmán Llano. –En cuanto a la narrativa, ¿quiénes son los principales exponentes? –Dentro del largo recorrido de la narración desde 1920 a 2010 se jalonan textos y autores relevantes de acuerdo con la hora en que vieron la luz o produjeron, respectivamente. Dentro de este panorama general no puede dejar de citarse a dos autores que hacen que la literatura paraguaya irrumpa en el territorio de la narración contemporánea. –¿Quiénes son. –Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos. Casaccia es el primero en presentar una temática moderna (de personaje colectivo en lugar de personaje principal, de la relación entre los ámbitos urbano y rural) y el alejamiento de las formas nacionalistas, costumbristas o idealizantes. Su modo de narrar es crítico y sus textos semejan en su representación espejos, a veces deformantes, siempre portadores de imágenes lacerantes. Sus obras más representativas son “La babosa” y “Los herederos”. –¿Y Roa Bastos? –Roa Bastos es la potenciación de las capacidades de decir, hacer ficción; tanto en el ámbito de la expresión como en el de contenido. Sus textos se caracterizan por una riqueza conceptual en que se relacionan tradición judeocristiana y cosmovisión guaraní, lengua escrita (castellano) y lengua oral (guaraní), historia oficial e intrahistoria, historia y mito. No pueden dejar de mencionarse entre sus textos clave su volumen de cuentos “El trueno entre las hojas” y sus excepcionales novelas “Hijo de Hombre” y “Yo el Supremo”. –¿Y otros autores? –En nuestra gestión de historiar también se mencionan, y cuando hay ocasión se analizan, textos de otros narradores excepcionales: Rubén Bareiro Saguier, Carlos Villagra Marsal, Renée Ferrer, Helio Vera, por citar solo algunos. También cruzan las líneas del estudio que se presentará el próximo domingo relatos o novelas escritas en guaraní, o correspondientes a autoras que vertebran una poética femenina en sus narraciones, etc. Todo dentro del marco de enfoque enciclopedista, que muchas veces se acerca más, como señala Josefina Plá sobre este trabajo de historiar la cultura, al esquema que al recuento; y, añadimos, al análisis concienzudo. –¿La poesía paraguaya ha evolucionado y de qué forma? –La ruta de expresión de la poesía más que lineal o ascendente es, muchas veces, laberíntica, múltiple. No se puede hablar, necesariamente, de avance (o retroceso), ya que cambian la temática, la perspectiva poética, el acento de la voz. No obstante, sí se puede señalar que los poetas que han merecido los mayores elogios de la crítica especializada y de algunos de los mejores escritores latinoamericanos pertenecen al grupo del 40 y a las promociones del 50, 60 y 70. Ello equivale a hablar de valoraciones de los volúmenes de poemas de Elvio Romero, Josefina Plá, Ramiro Domínguez, Jacobo Rauskin, José Luis Appleyard, Miguel Angel Fernández, por citar solo algunos. –Se ha publicado mucho en poesía, ¿no?
–Conviene aclarar que merece atención la relación, existente o no, entre cantidad de textos poéticos publicados y calidad de lo publicado en las últimas décadas. Porque es notable, particularmente en el género lírico, el aumento de los textos publicados desde la década del 80 (década en que se resquebraja y cae la dictadura más larga de Latinoamérica) hasta la fecha. Sería interesante plantearse las siguientes preguntas: ¿a qué se debe el aumento de caudal de publicación de textos líricos?; ¿se relaciona esto con la consolidación de la libertad de expresión que sucedió a la mordaza dictatorial que silenció vidas y alegrías?; ¿corren parejas la cantidad de publicaciones con la calidad que informan las mismas?; ¿riman libertad y cualidad lírica de expresión? –En el exilio se produjo mucho. ¿Cómo ve este fenómeno? –Esto merece un estudio más atento. Recordemos que Casaccia publica sus mejores textos en la Argentina, y que Roa Bastos y Romero publican sus textos de mayor calidad tras el exilio del 47 en el vecino país.
ABC 28 de Julio de 2010 19:53
Menchú afirma que el Foro Social en Paraguay permitirá coordinar una agenda regionalPor Agencia EFE – hace 5 horasAsunción, 11 ago (EFE).- La guatemalteca Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz 1992, celebró hoy en Asunción la realización del IV Foro Social de las Américas en Paraguay y opinó que este evento permitirá coordinar una agenda común para la región.Menchú, quien visita por primera vez Paraguay, se expresó en esos términos durante la primera jornada del Foro Social, que concluirá el domingo próximo y que hoy incluyó una marcha de los participantes por el centro capitalino.Para el sábado próximo se prevé las disertaciones del presidente paraguayo, Fernando Lugo, y su homólogo boliviano, Evo Morales.Este encuentro "nos va a ayudar a hacer agenda común, que es lo que ya veníamos hablando. Hay una decadencia del capitalismo y nos está arrastrando a todo el mundo, una decadencia moral, se han perdido los valores, hay una decadencia social" y un crecimiento de la violencia en la región, expresó Menchú.La Premio Nobel de la Paz celebró, además, que se hayan reanudado las relaciones entre Venezuela y Colombia tras los diálogos entre los presidentes de estos países, Hugo Chávez y Juan Manuel Santos, respectivamente."Ningún conflicto de tensión en la región hace bien a los pueblos y a los procesos", indicó."Estamos esperando que nazcan las nuevas propuestas del nuevo Gobierno de Santos en Colombia. Posiblemente no cambien mucho, pero que tal si entre todos empujamos nuevos procesos", agregó.El Foro Social de las Américas, que reúne a más de 500 organizaciones civiles y sociales, se lleva a cabo en la sede de la Escuela Nacional de Educación Física (ENEF) y del Instituto Superior de Enseñanza (ISE) en esta capital.Los organizadores detallaron que uno de los temas centrales del encuentro son las "Estrategias de militarización y dominación imperial, y alternativas de resistencia de los pueblos".También forman parte de los ejes temáticos los "Alcances y desafíos de los procesos de cambio en el hemisferio; post-neoliberalismo, integración, socialismos, buen vivir/vivir bien y cambios 'civilizatorios'".Además, conversarán sobre la "Defensa y transformación de las condiciones y modos de vida frente al capitalismo depredador. La Soberanía alimentaria como núcleo de nuevos equilibrios de vida" y "Pueblos y nacionalidades indígenas originarios y afrodescendientes: el reto de la plurinacionalidad", entre otros.El Foro Social prevé como actividad de cierre, el próximo día 15, la "Asamblea de Movimientos Sociales y Acto de Solidaridad con el proceso paraguayo", en coincidencia con el segundo aniversario de la llegada del presidente de Paraguay, Fernando Lugo.
"Ni olvido, ni perdono"
26JUL201007:16
Se llama Olga, pero todos la conocen como Nancy, su nombre de guerra. A los 15 años fue la primera vez que arriesgó la vida por sus ideales. En plena dictadura, rompía el toque de queda para salir a pintar las paredes de las calles de Asunción con consignas contra el régimen opresor y represor de Alfredo Stroessner (1954-1989) que, en sus 35 años de gobierno, dejó miles de muertos, torturados y desaparecidos en Paraguay. A pesar de su osadía, Nancy sobrevivió. Pasó por la cárcel, por el exilio y por los interrogatorios de la Operación Cóndor, y hoy, con lágrimas en los ojos, lo cuenta para que su recuerdo perviva en la memoria de los vivos.
Heredó la rebeldía y la conciencia política de su padre, el señor Augsten, un hombre de ideología socialista que participó en el levantamiento contra la dictadura militar anterior a la de Stroessner. Por ello, fue mandado al exilio cuando Olga tenía 7 años. “Como echaron a mi padre del país, mi familia se fue a vivir a Clorinda, un pueblo fronterizo de Argentina, sin luz ni agua corriente. Tenía poco que ofrecer, así que a mi me internaron en un colegio de monjas en Asunción, porque mi padre decía que allí tendría mejor educación”, relata.
Creció lejos de los lazos protectores de sus padres, bajo la férrea disciplina de unas monjas, que según recuerda Olga, trataban de lavarle el cerebro. “Nos hacían rezar al levantarnos, antes y después de desayunar, antes y después del almuerzo, y antes y después de la cena. Además, nos revisaban la cama para ver si dormíamos juntas. Luego entendí que su intención era prevenir el lesbianismo, ¡como si supiéramos algo de eso a nuestra edad!”, explica.
Una vez al año, cuando llegaban las vacaciones de verano, Olga viajaba hasta Clorinda para reencontrarse con sus padres. Allí, iba forjando poco a poco una mirada crítica de lo que sucedía en su país, asistiendo a las reuniones conspirativas contra la dictadura que organizaban sus padres en su casa del exilio.
Olga estudió en el internado hasta los 15 años, y al salir de la institución, se fue a vivir con sus abuelos, en la misma capital. Fue un año después del golpe de estado de Alfredo Stroessner, quien tras su subida al poder implantó de nuevo un régimen dictatorial y una dura represión. Olga, a su corta edad, y siguiendo los pasos de su padre, se afilió al Partido Revolucionario Febrerista, donde empezaron sus andaduras en la resistencia. “Con los compañeros, salíamos por la noche a pintar consignas contra el gobierno. Íbamos dos chicos y dos chicas, y cuando veíamos que se acercaba un policía, nos abrazábamos y nos besábamos como si fuéramos novios, para disimular. Sabíamos que corríamos riesgo pero, cuando se iba el policía, continuábamos pintando”, explica entre risas.
En mayo del año 57, su padre ingresó desde Clorinda a Paraguay para participar en una reunión clandestina, pero se filtró el encuentro y detuvieron a los conjurados. Por equivocación, dejaron en libertad a su padre, que pudo escaparse del país gracias al asilo de la embajada uruguaya, pero cuando la policía se dio cuenta del error, fueron a buscarlo. Esa misma noche, a las 2 de la madrugada, irrumpieron en casa de los abuelos de Olga en busca del fugitivo, y tras revolverlo todo y no encontrar su objetivo, se la llevaron presa a ella y a su madre. Pasaron dos meses detenidas en un cuartel de policía en Asunción, soportando constantes interrogatorios. “Mentiría si dijera que nos golpearon mucho, pero era duro oír cómo torturaban a otra gente, sus gritos y sus llantos. Ellos nos amenazaban y yo tenía miedo de lo que podían hacernos, pero aguantaba”, explica. Sus convicciones y la esperanza de recuperar la libertad era lo que le daba fuerzas para resistir.“Pensaban que nosotros propiciábamos armas en Paraguay, y querían que delatáramos a gente, que les diéramos nombres, pero callamos”. Y añade: “Nunca traje bombas, pero me habría gustado”.
Como no soltaban prenda, trasladaron a Olga y a su madre a la comisaría número 4 de Asunción, donde continuaron los interrogatorios. “Pasamos 6 meses tiradas en el piso, con un olor horrible, con frío y humedad. Sólo teníamos un colchón roto y una lata de leche para hacer nuestras necesidades y sólo nos dejaban higienizarnos media hora cada 3 días”. Además de la dureza de las condiciones físicas, Olga sufrió tortura psicológica: “Me amenazaban continuamente. Por ejemplo, un día venían por la mañana, se acercaban, y me decían: vas a ver lo que te pasará esa noche. Entonces, yo ya no podía dormir del terror que sentía”.
Después de medio año, y por mediación de un obispo pariente de la familia Augsten, Olga y su madre lograron que las reubicaran de nuevo a otro penal, esta vez a la cárcel del Buen Pastor, un centro de internamiento regentado por monjas, donde las condiciones de vida mejoraron un poco. Tres meses después, les dieron la libertad y las echaron del país.
Sin despedirse de sus amigos, fueron a vivir a Clorinda, con su padre, que ya se había trasladado de nuevo al exilio, y allí pasaron a engrosar las filas de la resistencia. Sin embargo, Stroessner quería que la familia volviera al país y se uniera a su régimen a cambio de favores. Era algo personal, puesto que el padre del dictador y el abuelo de Olga habían llegado juntos desde Alemania años atrás, estableciéndose en Encarnación, al sur de Paraguay. Los Stroessner y los Augsten fueron por entonces familias apegadas. “El dictador tenía un bronca especial con mi papá, porque sentía que era como una traición a su familia. Stroessner trató de comprar a mi padre, pero él lo rechazó. Le dijo que las ideas no se venden”, cuenta Olga.
En Clorinda, Olga se convirtió en Nancy, su sobrenombre en la clandestinidad, y durante más de 30 años participó en distintos operativos para derrocar el régimen. “Mi casa estaba a una cuadra del río que divide Argentina y Paraguay, así que era muy fácil ingresar de incógnito al país. Ya teníamos nuestros contactos, que nos ayudaban a cruzar en bote, y luego me quedaba escondida a casa de gente afín”, recuerda. Con este método, Nancy introdujo varias veces desde Clorinda sacos llenos de octavillas que clamaban contra Stroessner, y como representante del exterior, Nancy asistía a las distintas reuniones que la disidencia organizaba en secreto.
La actividad no cesó cuando se casó, a los 22 años, con el doctor Aquino. Salvaguardado por la buena imagen que el pueblo tenía de él, acumulaba también un largo historial revolucionario que le llevó, como a Nancy, a estar en alguna ocasión entre rejas. Juntos formaron un equipo dentro y fuera del matrimonio, y continuaron con sus actividades clandestinas estableciendo por seguridad una estrategia de supervivencia familiar: “Normalmente yo iba al frente y él se quedaba en la sombra, porque si detenían a alguien era mejor que fuera yo, puesto que él era quien aportaba el dinero a la familia. Si caía uno, el otro tenía que aguantar para continuar luchando”, aclara.
Mandaban medicamentos, dinero y ropa para los presos políticos, escondían a perseguidos, y su casa se convirtió en otro centro de reuniones de la disidencia. Su apoyo logístico ayudó en la formación de una guerrilla, y en la organización de un intento golpista. “Alojamos en nuestra casa 300 personas que iban a apoyar un levantamiento militar contra Stroessner, pero al final no pudo realizarse porque hubo un chivato del ejército que delató el complot”, explica.
La satisfacción y el orgullo de participar en la lucha para lograr la caída de la dictadura, tuvo sin embargo su sabor amargo. “Me sentía apestada porque mucha gente paraguaya que estaba de paso en Clorinda me rechazaba por miedo, o porque no estaban de acuerdo con lo que hacíamos. Algunos se daban la vuelta si me veían por la calle, para no saludarme, e incluso mi hermana, que vivía en Asunción, me negaba que la fuera a visitar en secreto porque decía que si me descubrían la comprometería”, recuerda.
Además, Nancy y su familia tuvieron que aprender a vivir controlados. Durante todos esos años, espías y confidentes seguían todos sus pasos en Clorinda, lo que llevó a que 7 veces la policía allanara su casa en busca de pruebas que los comprometiera. La persecución llegó a su punto álgido con el golpe de estado de Videla en Argentina el año 1976. Nancy se daba cuenta de la inestabilidad política de su país de acogida. “Ya se veía venir, por eso me tomé la molestia de sentarme una tarde a quemar unos 400 libros y revistas de línea comunista que tenía en mi librería. Para mi eso fue muy duro”, dice con los ojos humedecidos.
Probablemente ese gesto fue determinante para salvar su vida. Día a día fueron desapareciendo paraguayos opositores a Stroessner en Argentina, hasta que les llego el turno a ellos. “Registraron la casa, se llevaron libros, documentos, y papeles de propiedad, y nos llevaron presos. Teníamos mucho miedo porque sabíamos qué estaba pasando y pensábamos que nos matarían”, confiesa Nancy. Ese operativo formo parte de la Operación Cóndor, en que las dictaduras de América Latina conformaron un plan de colaboración con la CIA para detener, interrogar, torturar y asesinar todas las personas subversivas a sus regimenes y afines al comunismo. De hecho, en Paraguay se encontró el único archivo que da fe del seguimiento al que se vieron expuestas muchas personas opositoras como Nancy: “Había informes en los que se registraba todos los movimientos que se hacía en casa, quien entraba, quien salía, con quien nos reuníamos, etc.”,explica.
Se calcula que 80.000 personas murieron o desaparecieron víctimas de la Operación Cóndor, pero Nancy y su familia corrieron mejor suerte. Tras 48 horas de interrogatorios, a ella y a su esposo los soltaron. Su padre tuvo que esperar 15 días más, pero finalmente también recuperó la libertad. “A nosotros nos salvó el hecho que mi marido era muy querido por todo el pueblo y por los gendarmes de Clorinda, porque su médico trabajaba en el consultorio de mi esposo. Ellos sabían que nosotros sólo participábamos en la parte logística de la resistencia, y que no éramos guerrilleros”, explica.
Sin embargo, esas 48 horas de arresto e interrogatorios sembraron de nuevo la semilla del miedo en su corazón. “Durante 5 meses no me atrevía a abrir la puerta cuando llamaban por la noche por un parto o por un accidente, porque tenía terror de que fueran los militares de nuevo y que nos mataran”. Nancy no descansó hasta que el ejército abandonó Clorinda, pero la mala experiencia, que todavía recuerda con sufrimiento, no fue suficiente para convencerla en dejar la lucha por sus ideales.
Nancy mantiene todavía hoy su espíritu combativo. A sus 70 años milita en las filas del Partido Movimiento al Socialismo con el objetivo de lograr una sociedad mejor para sus nietos. “Ahora estamos con una supuesta democracia, pero en realidad no es tal porque la estructura es la misma. Cambiar esto llevará tiempo, y no creo que yo lo llegue a ver”, comenta.
Lo que sus ojos sí pudieron distinguir fue la caída de la dictadura de Stroessner tras 35 años de gobierno. Eso se terminó, pero ella todavía convive con las secuelas físicas y psicológicas fruto del estrés postraumáticos. No tolera bien estar en espacios cerrados, tiene insomnio, cuando no pesadillas, y sufre dolores en el cuerpo por los meses encerrada en la celda. “Esos dolores los empecé a sentir a los 20 años, después de pasar por la cárcel, pero luego se agudizó con la obesidad”, explica.
La mayoría de los responsables de los crímenes de la dictadura de Stroessner no han rendido cuentas con la justicia, cosa que a Nancy le indigna. “Hay quien me dice que olvide esa historia, pero ¿cómo quieren que olvide si me frustraron la juventud? ¿Cómo quieren que me olvide de mis 6 meses en una celda con sólo una lata de leche para hacer mis necesidades?”, se queja.
Ni olvida, ni perdona, y ese sentimiento, a la vez, le aviva el orgullo por la lucha que libró en la clandestinidad. “Siento que estoy en un país mejor por propios méritos, y también gracias a todo lo que yo hice desde el exilio”. Sin embargo, no se lo han reconocido públicamente. Al terminar la dictadura, hicieron un homenaje a su esposo en la capital de Paraguay en agradecimiento a su compromiso con las libertades y la democracia, y esta vez, fue Nancy la que quedó en la sombra. “Ahí se ve el machismo de la sociedad paraguaya, porque a mi me veían solamente como a una acompañante”, pero añade sin ningún tipo de rencor, “en realidad, reconocían la labor de mi marido como cabeza de una familia comprometida. No hay que olvidar en qué época vivíamos”.
Nancy minimiza el hecho, mientras yo me pregunto cuantas historias de mujeres habrán quedado ocultas bajo la sombra de algún hombre.
ElMundo.es - España 26 de julio 2010